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viernes, 28 de diciembre de 2018

Inteligencia artificial, filosofía y ciencia ficción



¿Máquinas que piensan?

La inteligencia artificial (IA) está de más actualidad que nunca debido a los avances recientes en sistemas de aprendizaje automático y en aplicaciones como los asistentes virtuales, los vehículos automáticos y los algoritmos que analizan nuestras preferencias en las redes sociales o en el consumo de contenidos en línea. Estos programas “inteligentes” afectan ya a nuestra vida y su impacto crecerá aún más a medida que se integren, y quizás sustituyan, muchas funciones hasta ahora exclusivamente humanas, como la creación artística, el cuidado de los enfermos, la gestión pública, el derecho o la defensa.
Diversas personalidades, como Stephen Hawking y Elon Musk, han advertido de los problemas que acarrearía un desarrollo descontrolado de las IAs, pero ¿es posible que estos sistemas sean realmente capaces de pensar, sentir y ser conscientes como nosotros? ¿Cómo será nuestra relación con ellos en el futuro?
Exploremos estas cuestiones desde la perspectiva de dos campos en apariencia distantes: la filosofía académica y la ciencia ficción.


Del espíritu divino al Test de Turing

El mito hebreo del golem se repite en diversas formas desde la Biblia hasta el siglo XVI y algunos lo consideran un antecedente de la ciencia ficción. Esta leyenda cuenta cómo un rabino crea un ser artificial que le ayuda a proteger a su pueblo. Lo hace insuflando la chispa divina en una masa de barro, un acto que reproduce, a menor escala, la creación del primer hombre por parte del dios judeocristiano.
La concepción de la naturaleza de la vida que subyace a esta historia es el dualismo: la materia por sí misma es inanimada y requiere un espíritu o alma de origen divino para convertirse en un ser vivo. El golem es un pálido reflejo de esta combinación, sin voz ni inteligencia, pues el rabino, por muy sabio que sea, no tiene poder para replicar toda la potencia del acto divino.
En el siglo XVII, el filósofo René Descartes dio un vuelco a esta visión. Por un lado, se opone al vitalismo tradicional y a las ideas aristotélicas sobre la naturaleza, adoptando una visión mecanicista para explicar mediante procesos físicos el funcionamiento de los astros, las plantas, los animales y el cuerpo humano. Sin embargo, Descartes defiende la singularidad humana por la presencia de un alma o mente inmaterial de la que carecería cualquier otro ser. Aunque esta concepción dualista, con una materia y un espíritu como sustancias diferenciadas, ha sido rechazada ampliamente por la filosofía y la ciencia posterior, todavía perdura en las ideas populares y religiosas sobre la naturaleza humana.


Será Mary Shelley, con su novela Frankenstein (1818), quien dé el gran paso con el que nace la ciencia ficción moderna. Su “golem” no consigue la vida gracias a la infusión de un espíritu místico, sino porque la electricidad despierta una mente primitiva en el cuerpo ensamblado por un científico, que sustituye al rabino y a la propia divinidad en su papel creador. Este ser artificial es defectuoso y, a pesar de sus buenas intenciones, entra en conflicto con la sociedad humana. Parece inevitable una conclusión moralizante: el hombre no debería arrogarse el poder de crear de vida inteligente.
Este patrón arquetípico del monstruo de Frankenstein se repetirá en innumerables ocasiones referido a androides y máquinas pensantes, por ejemplo, con la ginoide de “Metrópolis” (1927), la computadora HAL 9000 de la película “2001: una odisea del espacio” (1968), el ordenador Colossus, en el film con el mismo nombre (1970), o el Skynet de la saga “Terminator” (1984).


El desarrollo de los primeros ordenadores dignos de tal nombre comenzó a finales de los años 1930 (e Zuse Z1 de 1938 es considerado el primer computador) y se aceleró en los años 40 y 50. Inmediatamente se puso sobre la mesa la cuestión de si estas máquinas podrían llegar a pensar y qué consecuencias se derivarían de ello.
Isaac Asimov, prolífico autor de ciencia ficción y perenne optimista acerca del poder benefactor de la ciencia, deseaba contrarrestar el influjo mitológico de Frankenstein y el temor de la gente de que las máquinas se alzaran contra sus creadores. Comenzando con su relato “Círculo vicioso” (1940) escribió historias de robots futuristas dotados de un cerebro artificial, cuyo comportamiento está regulado por tres Leyes de la Robótica que garantizan su fidelidad a los humanos. En posteriores relatos y novelas, Asimov llega a dejar en manos de estas IAs la salvaguarda de la humanidad como especie. Durante la década de los 50 vemos este tipo de robots obedientes y bondadosos en películas como “Ultimátum a la Tierra” (1951) y “Planeta prohibido” (1956).

Por otro lado, Alan Turing, matemático inglés que había trabajado en los fundamentos teóricos de la computación y había contribuido a descifrar los códigos nazis durante la Segunda Guerra Mundial, publicó en 1950 el artículo “Máquina computadora e inteligencia”, donde realiza el primer análisis filosófico acerca del posible pensamiento de las máquinas. En la época de Turing, la corriente psicológica dominante era el conductismo, que renunciaba a definir estados mentales internos y se preocupaba en su lugar de la conducta visible de los individuos. Siguiendo esta idea, Turing propone sustituir la cuestión sobre el pensamiento de las máquinas por una prueba (el famoso Test de Turing) mediante la cual trataríamos de distinguir las respuestas escritas de un ordenador de aquellas proporcionadas por una persona. Si esta distinción no es posible, propone Turing, debemos afirmar que a todos los efectos prácticos el ordenador es capaz de pensar.


La mente como software: el funcionalismo y sus críticos

El conductismo entró en declive a partir de los años 50, coincidiendo con el auge de la psicología cognitiva, que defendía la validez de los estados y procesos mentales. Adoptando una postura materialista (no dualista), la nueva psicología afirmó que debía existir una relación entre los contenidos de la mente (un dolor, una idea, una creencia, un recuerdo) y los estados de las neuronas en el cerebro. De hecho, cada vez existían más pruebas de esta relación gracias a los estudios sobre drogas, lesiones cerebrales y experiencias de estimulación directa de la corteza.
Sin embargo, pronto se vio que la correspondencia entre estados de la mente y del cerebro no podía ser rígida, ya que nuestras estructuras neuronales son individualmente diferentes y cambiantes. Aunque compartimos sensaciones, ideas y estructuras de pensamiento similares, un mismo estado mental puede tener múltiples realizaciones físicas.
El desarrollo de la informática mostró que el comportamiento de un ordenador (la respuesta a las entradas de datos) venía definido por su “software”, y que los programas podían funcionar de forma idéntica aunque cambiara el soporte físico (“hardware”). Siguiendo esta idea, el funcionalismo (formulado por primera vez por Hilary Putnam en 1960) propone que los estados mentales son independientes de su realización física concreta: la mente es como el software del cerebro y puede ser ejecutado con resultados similares en cerebros diferentes. Algún día el software o algoritmo de una mente podría funcionar sobre otro soporte físico, quizás una máquina suficientemente compleja que dispondría, por tanto, de estados mentales (sentimientos, pensamientos) equivalentes a los humanos.
Desde el mismo momento de su formulación, se propusieron diversas objeciones a la idea de que un software pueda pensar. Una de ellas, formulada por Fodor en 1972 y defendida luego por Nagel, Searle, Penrose y otros, es que nuestras percepciones y sentimientos se reducen a elementos llamados qualia que dependen del sustrato físico de nuestro sistema nervioso y no pueden ser reproducidos en una máquina. Según ello, un robot nunca podría percibir, sentir o pensar como nosotros porque no tiene la misma experiencia interna.
Sin embargo, si consideramos que las sensaciones son mediadas por impulsos neuroeléctricos a través de conexiones concretas (la señal de “rojo” puede significar “verde” o “dolor” si la conectamos en un lugar diferente), ¿no tendría la misma información y las mismas sensaciones cualquier sistema que reciba y procese información con el mismo patrón de conexiones?
Otra objeción al Test de Turing y a la idea de la mente como software es la que formuló Searle en 1980 con su famoso experimento imaginario de la habitación china. Si en una habitación hay personas que solo entienden el español, dice Searle, pero son capaces de responder a preguntas en chino cotejando estos símbolos con las reglas escritas en un libro (o en un programa de ordenador), ¿significa eso que estas personas comprenden el chino? Obviamente no, y por eso, según Searle y otros, una computadora tampoco comprenderá nunca el lenguaje, por mucho que sea capaz de imitar la conducta verbal humana.

Veamos un par de respuestas a estos argumentos, utilizando relatos de ciencia ficción como vehículo. En su maravilloso libro “Gödel, Escher y Bach: un Eterno y Grácil Bucle”, Douglas R. Hofstadter cuenta la historia de unos personajes que se encuentran con una sofisticada colonia de insectos sociales llamada Madame Cologne d’Or Migas, con la cual se comunican mientras observan sus procesos internos: cómo las hormigas realizan las tareas de interpretar, procesar y formar símbolos para responder a sus mensajes. Se trata de una alegoría sobre la habitación china, donde las hormigas (o neuronas) son capaces de generar pensamiento y lenguaje sin comprender los significados que manejan. Como trabajadores en una cadena de montaje, solo ven su parte del proceso, pero el que las neuronas o los circuitos individuales no sean capaces de pensar no quiere decir que no lo haga el sistema que forman entre todas.
Por su parte, el genial escritor polaco Stanislaw Lem utilizó robots inteligentes en muchas de sus historias para ilustrar las miserias y el antropocentrismo de la raza humana. Nada menos que tres de sus relatos fueron recogidos en “Mind’s I” (1981), la compilación de textos sobre filosofía de la mente realizada por Hofstadter y el filósofo Daniel Dennett. En estas historias los protagonistas son robots, creadores de simulaciones donde se han desarrollado seres humanoides. Los bruñidos robots discuten si estos seres, a pesar de un diseño corporal marcado por el despiadado azar de la evolución, pueden ser capaces de sentir y pensar.

Hacia la Singularidad

Las críticas a la idea de la mente como software son comprensibles, dada la simplicidad que tuvieron los programas de ordenador durante décadas. La IA tradicional solo fue capaz de crear “sistemas expertos” que reflejaban el conocimiento de una persona especializada en cierta materia, sintetizando este saber en forma de unas pocas reglas. Resulta difícil concebir que se llegue a producir una máquina pensante y sintiente mediante esta aproximación.
Sin embargo, en los últimos años se ha producido un salto cualitativo en la potencia de la IA, y ello ha sido posible al replicar las fuentes que dotan a los cerebros animales de sus especiales capacidades. Una de las técnicas utilizadas es el desarrollo de software basado en redes neuronales en lugar de reglas predefinidas. Otra es la introducción de procesos evolutivos en el software, como la realimentación de estas redes con el aprendizaje y el uso de algoritmos genéticos que simulan de forma acelerada los procesos de selección y adaptación.

Desde el punto de vista práctico, esta nueva forma de IA ha permitido que el software supere a los humanos en tareas cada vez más complejas, no solo en juegos como el ajedrez y el go, sino también en áreas como el diagnóstico médico, la demostración matemática y la detección de patrones ocultos en enormes volúmenes de información.
De hecho, Turing anticipó esta situación en su artículo de 1950. Ya entonces propuso superar las limitaciones de las computadoras de la época utilizando sistemas de aprendizaje automático y un proceso análogo a la evolución. Turing también rechazó la idea popular de que “el ordenador hace lo que se le ha programado” y se dio cuenta de que llegaría un momento en que no sabríamos descifrar los procesos internos de los sistemas inteligentes, igual que ignoramos los detalles de lo que sucede en nuestros cerebros individuales. Esta ignorancia, seguramente, hará más natural afirmar que la máquina piensa, siente o tiene creencias, puesto que no podremos discernir sus "mecanismos internos".
El filósofo Daniel Dennett ha elaborado ideas similares en sus libros “La actitud intencional” (1989), “La consciencia explicada” (1991) o “La evolución de la libertad” (2003), mostrando cómo el proceso evolutivo que ha generado la mente humana es compatible con una visión funcionalista en la que cabe la consciencia y el libre albedrío.
¿Hacia dónde nos llevará la evolución de la IA? De acuerdo con muchos autores, como Stanislaw Lem y otros que han abordado el transhumanismo y la llamada Singularidad (Frederik Pohl, Raymond Kurzweil, Vernon Vinge, Greg Egan, Richard Morgan, etc.), la acelerada progresión de la inteligencia no humana nos situará ante una encrucijada: o vernos superados por IAs con motivaciones y pensamientos incomprensibles para nosotros, como sucede en “Golem XIV” (1981) de Lem, o fusionarnos de alguna forma con la inteligencia mecánica y evolucionar con ella.
Philip K. Dick, el autor de novelas y relatos de ciencia ficción sobre los que se basan “Bladerunner”, “Desafío Total” o “El Hombre en el Castillo”, previó la coexistencia de los humanos con androides de capacidad similar o superior y enfatizó el papel de la empatía como nexo común entre ambos, algo que también hizo Isaac Asimov en “El hombre bicentenario” (1976).
La cinematografía actual (por ejemplo en “Her”, “Ex-machina” o en la secuela “Bladerunner 2049”) muestra también que las futuras relaciones entre humanos e inteligencias artificiales vendrán determinadas por el desarrollo de valores y un entorno social compartido, o se producirá una dolorosa separación o un terrible conflicto si ello no es posible.


Aunque lo pretendamos, las Leyes de la Robótica y la ética no podrán ser impuestas a las IAs por una meras reglas de programación o circuitos que condicionen su conducta; serán demasiado complejas para ello. Las IAs tendrán que aprender a comportarse en sociedad igual que lo hacemos nosotros, incorporando sentimientos reflejos mediante su integración en la civilización humana. O posthumana.


viernes, 16 de enero de 2015

Memes y evolución cultural (algoritmos evolutivos, parte 3)


¿Cómo se propagan y cambian las ideas y teorías con el tiempo? Esta pregunta, que ha sido siempre una cuestión más o menos abstracta, se ha convertido en los últimos años en objeto de estudio experimental gracias a la digitalización de la información, internet, las redes sociales y los sistemas de búsqueda en estos medios.

La respuesta es que las ideas se desarrollan de una forma bastante similar a los organismos vivos.

Memes: los nuevos reproductores


Como vimos en una entrada anterior, el biólogo evolutivo Richard Dawkins fue uno de los proponentes, en su libro El Relojero Ciego, de la idea de que la evolución por selección natural opera como un algoritmo, capaz de generar de forma espontánea los complejos diseños biológicos.

Pero bastante antes, en su controvertido libro de 1976, El Gen Egoísta, Dawkins expuso otra idea que en aquel momento no tuvo mucha repercusión.


En el último capítulo del libro, titulado "Memes: los nuevos reproductores", Dawkins argumentaba que el mismo esquema de mutación, reproducción y selección que caracterizaba a los genes podía aplicarse a los artefactos de la cultura y a las ideas. Propuso llamar a estos elementos culturales 'memes', de manera similar a los 'genes' biológicos.


Un meme puede ser una palabra de un lenguaje, un artefacto mecánico, un gesto aprendido culturalmente, un sistema de escritura, un concepto, una teoría filosófica o un método. Cualquier cosa que pudiera reproducirse, transmitirse y modificarse de una mente a otra.


Pero, ¿podemos hablar realmente de una evolución de los memes por selección natural? Dawkins y muchos otros teóricos argumentan que sí, puesto que observamos en ellos todos los elementos de los algoritmos evolutivos que hemos estudiado anteriormente:

  • Las ideas obviamente se reproducen de una mente a otra por imitación, transmisión oral o escrita, y mediante medios masivos como la televisión y las redes sociales.
  • Unas ideas tienen mayor capacidad de reproducirse que otras, y esta capacidad tiene que ver con su 'adaptación' a un cierto medio social, cultural y tecnológico. Por tanto, hay un proceso de evaluación y selección que determina la reproducción selectiva de las ideas. 
Experimentamos este proceso diariamente con los fenómenos virales de las redes sociales. Cuando compartimos una entrada de Facebook, por ejemplo, estamos evaluando positivamente un meme y produciendo su replicación.


  • Por otra parte, también resulta evidente que los artefactos culturales y las ideas sufren mutaciones durante su reproducción, bien porque la copia o imitación es imperfecta, o porque cada persona, tribu, organización o escuela adapta la idea según sus propios criterios, creencias y utilidades. A lo largo de la historia hay innumerables ejemplos de entrecruzamiento (lo que podríamos llamar 'sexo de las ideas') donde elementos de diferentes palabras, técnicas, ideas o teorías se combinan para formar otras nuevas, en campos tan diversos como la cocina, la literatura, la ciencia o la mercadotecnia.
Este vídeo discute cómo el entrecruzamiento de ideas es crucial para su mejora:


La evolución memética se aplica a todo tipo de elementos culturales, por ejemplo la forma de los violines a lo largo de la historia.


Los mismos conceptos se aplican a la evolución de las lenguas, existiendo bastante evidencia de un origen común, al menos de una lengua ancestral euroasiática.



Y también pueden aplicarse los conceptos evolutivos de forma rigurosa a los estilos musicales considerados como especies (o memes):


El concepto de meme ha sido retomado con fuerza a partir del trabajo de nuevos estudiosos en relación con la evolución cultural reciente, donde los fenómenos víricos (es decir, la expansión muy rápida de un meme) son cada vez más frecuentes.



Un par de videos de Susan Blackmore, para los que os aclaráis con el inglés:



Y aquí tenemos un intento de experimentación empírica sobre memética, desarrollado por un par de 'expertos'.


El marketing o mercadotecnia es el campo que más ha popularizado la memética (estudio de la evolución de los memes), desarrollando esta disciplina desde el punto de vista del marketing viral, es decir, de cómo generar memes que se propaguen de forma muy amplia y rápida.

Sin embargo el marketing viral es muy antiguo, aunque no fuera tan premeditado. El término 'moda' (estar de moda, a la moda, etc.) ha sido durante mucho tiempo utilizado para referirse a la copia y propagación de un estilo, costumbre o forma de vestir.




En el mundo actual recibimos cada día millones de estímulos de información, miles de ideas generadas por aparatos de publicidad comercial, ideológica, política, social, etc. que compiten por replicar sus mensajes e ideas a través de nuestros cerebros.


Por otra parte nuestro cerebro tiene que esforzarse también en 'vender' nuestra mercancía memética. Se habla sin tapujos de crear y divulgar nuestra marca personal adaptada a las necesidades del 'mercado' social. 

El gran psicólogo y filósofo Erich Fromm ya advirtió en su obra "Man for Himself" en 1947 de la progresiva 'orientación al marketing' de la personalidad moderna.


La popularización del concepto de meme ha llevado a su propia evolución, aplicándose ahora de forma concreta a lo que es en realidad un tipo muy particular de meme: esas imágenes con mensaje cómico o irónico que compartimos por las redes sociales. Este tipo de meme es un meta-meme, una idea o mecanismo que ha evolucionado para la difusión de otras ideas o memes.


Como ejemplo reciente, a raíz del atentado contra la revista Charlie Hebdo, el meme #JeSuisCharlie se ha convertido en uno de los hashtags más populares en la historia de Twitter con más de tres millones y medio de tuits en tres días, una evolución que hemos podido seguir y cuantificar:



Más allá de la biología: evolución cultural


Según la visión memética, la evolución cultural de los primates superiores y los homínidos se produce por la aparición de medios para transmitir información de unas mentes a otras, formas de memoria colectiva que permiten la evolución de las ideas y artefactos sin pasar por el almacenamiento genético.

Siguiendo a Umberto Eco, que se adelantó a la memética con su teoría de los sistemas sígnicos en los años 60, la cultura va indivisiblemente asociada a un sistema de signos y a la comunicación de éstos. El signo se correspondería bastante con el meme, pues se define de forma social y funciona como medio de construcción y transformación de las sociedades.


De aquí podemos deducir que la evolución cultural se produciría en relación con la evolución de los sistemas de signos (representación de la información) y los medios de comunicarlos.


El primer paso en esta evolución memética/cultural, antes incluso del desarrollo del lenguaje, sería el desarrollo del aprendizaje por imitación, cuando ciertos animales aprenden técnicas (de caza, preparación de herramientas, rotura de semillas, etc.) por imitación de otros individuos de su especie o incluso de otras especies. La información de la nueva técnica (su 'meme') se almacena en la memoria individual y se preserva dentro de un grupo, o se transmite a otros.





A partir del desarrollo del lenguaje sobre soportes hablados, escritos (primero mediante copia manual y luego mediante la imprenta) y digitales, el proceso de evolución memética/cultural se ha acelerado hasta velocidades y alcances increíbles.

De esta descripción podemos deducir algunas características que diferencian a la evolución memética/cultural de la evolución biológica sobre el sustrato genético:

  • La evolución memética se desarrolla de manera mucho más rápida que la genética, pues todos los procesos involucrados (copia, mutación y entrecruzamiento, y transmisión) son mucho más rápidos que sobre el sustrato biológico y además se van acelerando con la propia evolución, convirtiéndola en exponencial.


  • Al contrario que el almacenamiento de información en el ADN, los medios de almacenamiento meméticos (primero el cerebro, luego la escritura y los medios digitales) disponen de una capacidad que va aumentando de manera ilimitada, con una velocidad de acceso también cada vez mayor. Éste es otro factor que hace que los procesos virales sean cada vez más rápidos y masivos.

El límite actual al procesamiento de información está relacionado con la limitada capacidad de los seres humanos como replicadores de memes, ya que nuestra capacidad de atención y respuesta no se puede ampliar. Quizás sea por esta razón por la cual los procesos automáticos de toma de decisiones y análisis de información van a ser cada vez más omnipresentes, augurando algunos que la expansión de las inteligencias artificiales es inevitable y daría lugar a una evolución trans-humana.


  • A diferencia de la evolución biológica, y al igual que en la evolución de criaturas artificiales, la mejora de los memes no está limitada a la selección de mutaciones y combinaciones aleatorias, sino que como hemos visto los memes pueden mejorar por aportaciones de cada individuo o grupo que los adopta, y la combinación de diferentes ideas no es azarosa sino que puede ser premeditada. Los memes pueden ser diseñados, de forma consciente o inconsciente.


  • Precisamente por su flexibilidad en la replicación y su velocidad, la evolución memética pierde la fidelidad que caracteriza a la informacion genética. Tras crear una idea, ésta puede fácilmente malinterpretarse y transformarse durante la replicación incluso cuando no se pretende hacerlo, como demuestra el juego del teléfono.



La evolución tecnológica nos va dando herramientas para estudiar la evolución memética, que de forma creciente se da en forma digital.

Por ejemplo, basada en su masivo proyecto de digitalización de libros, Google proporciona la herramienta Ngram Viewer, que permite visualizar en forma de gráfica las apariciones de un término o frase en su base de datos, y de esta forma analizar su popularidad a lo largo del tiempo, descubriendo cuándo apareció, cómo se expandió, etc.

Por ejemplo, podemos ver el crecimiento del término 'memética' y cómo la expresión 'marketing viral' se ha ido volviendo más popular:


O también podemos ver cómo ha evolucionado la popularidad relativa de algunos autores de ciencia ficción   :-)



Al igual que la propagación de nuestros genes a la descendencia nos otorga en un cierto sentido la 'inmortalidad biológica', también la persistencia de memes que hemos creado puede hacer que nuestro nombre se convierta también en un meme replicado de una generación a otra. Ésta parece ser la aspiración de los artistas de cualquier época: 'pasar a la posteridad', consiguiendo la inmortalidad memética de sus obras.



La pregunta sobre por qué unos artistas perduran más que otros deviene en el contexto de la memética una cuestión relativa a la propagación y superviviencia de los memes.


En la acelerada y masiva propagación de novedades víricas que vivimos en la actualidad, como muestra el maestro El Roto en la siguiente viñeta, la inmortalidad memética adopta cada vez más la forma de una moda perecedera. Ya dijo Andy Warhol que en el futuro todo el mundo tendría 15 minutos de fama...


La ciencia, un sistema particular de evolución memética


El desarrollo de las teorías científicas es un ejemplo paradigmático de evolución memética, con unas características especiales.


Como en otros ejemplos de evolución, las teorías científicas se van construyendo a partir de las anteriores, en ocasiones para extenderlas o en otras para sustituirlas por una opción 'mejor'.


Como reconoció el mismo Newton, él solo pudo formular sus teorías gracias a las observaciones y propuestas de Copérnico, Galileo, Kepler y otros:




Hay características que diferencian a la ciencia de otras formas de evolución memética y que permiten que se produzca este efecto acumulativo:
  • La evaluación de la 'aptitud' de una idea o teoría no se realiza por preferencias individuales, sino mediante un doble método de comprobación:
    • Las teorías deben explicar los hechos observados y a ser posible realizar predicciones diferentes a otras teorías, de manera que se puedan hacer experimentos para elegir la más apta
    • Las teorías deben ser divulgadas entre la comunidad científica, donde teorías alternativas compiten por ser aceptadas y eventualmente una de ellas prevalece


Es gracias a estos métodos de evaluación por lo que en ciencia se da un progreso relacionado con la capacidad explicativa y predictiva, y permite un progreso paralelo en su aplicación práctica dando lugar a la evolución tecnológica.


Carl Sagan explica esta visión del método científico en un episodio clásico de la serie Cosmos original:


  • Una diferencia sustancial con otros sistemas de evolución memética es que la ciencia consigue identificar y representar los memes de manera formal. Una teoría científica maneja conceptos en forma de símbolos y propiedades matemáticamente definidas, un lenguaje formal, y los enunciados pueden ser formalizados en forma de axiomas y teoremas que siguen reglas lógicas.
Por ejemplo, vemos aquí una axiomatización de la mecánica cuántica:


La formalización juega varios papeles importantes en ciencia. Por un lado permite definir las relaciones matemáticas y lógicas que pueden utilizarse para hacer cálculos y deducciones. Por otro lado, es la forma en que una teoría o idea puede comprenderse de forma no ambigua e igual para todos, y discutirse sin equívocos.


Aunque la formalización sea fastidiosa para los que no estamos iniciados en ese lenguage, evita la pérdida de fidelidad en la transmisión de las ideas científicas complejas, el problema del 'juego del teléfono' que aqueja a otras formas de transmisión memética, de forma que cualquier científico puede interpretar sin temor a equivocarse lo que otro científico propone.


El problema aparece cuando se trata de interpretar estos conceptos formales en el lenguaje y los conceptos del día a día. Aquí vuelven a aparecer los malentendidos y las diferencias de interpretación.


¿Significa esto que la ciencia es un camino imparable hacia una explicación total del mundo físico, que las teorías científicas alcanzarán el 'maximo de adaptación' posible a la realidad? Realmente nadie lo sabe. Se desconoce si la realidad tiene un nivel máximo de complejidad, o es como una serie infinita de muñecas rusas que siempre se destapan con nuevos detalles.


Tampoco hay que pensar que la ciencia es un método perfectamente objetivo y formal. La personalidad, la casualidad, las corrientes históricas y los aspectos geográficos son fundamentales en su evolución, la formación de las teorías, la separación de disciplinas, etc. Por tanto la componente sociológica de la ciencia es también importante para entender cómo evoluciona:


El lenguaje como virus


La visión viral de los artefactos culturales apareció antes en literatura que como teoría científica o práctica de marketing. En este caso la ficción 'se adelantó a la realidad', proponiendo que el lenguaje podía funcionar como un virus infeccioso que parasitaba y controlaba a los seres humanos.

Así, Samuel R. Delany presenta en su novela de ciencia-ficción Babel 17 un lenguaje utilizado como arma en el contexto de una guerra interestelar. Una vez alguien aprende el lenguaje, los memes que contiene transforman su percepción y pensamiento, conviertiéndole en un traidor a su bando.


Sin embargo, fue el escritor William Burroughs quien acuñó y popularizó el 'meme' de que "el lenguaje es un virus". Además de utilizar frecuentemente la metáfora vírica, en su ensayo de 1970 La Revolución Electrónica, Burroughs afirma que el lenguaje es una mutación biológica producida a partir de un virus procedente del espacio para reproducirse meméticamente en la Tierra.



Pero además, Burroughs propone utilizar esta naturaleza vírica del lenguaje para revolucionar el mundo a través de la literatura y el arte. Es decir, lo ve al mismo tiempo como un peligro y como una oportunidad subversiva, un papel dual similar en su visión al de las drogas.

“Liberar al virus contenido en la palabra podría ser más peligroso que liberar la energía del átomo. Porque todo el odio todo el dolor todo el miedo toda la lujuria están contenidos en la palabra.”

Laurie Anderson, la fantástica innovadora de la música y el performance, colaboró con Burroughs en varios proyectos, y dedica este divertido tema al meme "Language is a virus":



Peligros meméticos


Si los memes son como virus que se instalan y reproducen en nuestra mente, ¿a qué peligros nos exponemos por albergarlos?



Un problema que se aborda desde la terapia cognitiva es la tendencia que tenemos a albergar pensamientos o ideas sobre nosotros mismos y la realidad que no son ciertos y que nos producen una imagen distorsionada (por ejemplo, la 'imagen corporal' de una persona con anorexia o una visión despectiva de nosotros mismos cuando tenemos baja autoestima). También entrarían en esta categoría las llamadas obsesiones o ideas fijas.



Pasando del dominio de la psicología al de la sociología y la ideología, es un lugar común que hay ideas que pueden propagarse en entornos y momentos preparados para ello, con consecuencias devastadoras. El fascismo, el fanatismo religioso o nacionalista, el odio racial, etc. son ideas latentes que crecen rápidamente en situaciones de descontento o penuria.


Daniel Dennett habla de estas 'ideas tóxicas' y también del mal uso o interpretación de las ideas en el contexto de la teoría de los memes, en esta excelente conferencia:


La ciencia ficción (como hemos visto con Babel 17) se ha ocupado de la posibilidad de que pudiéramos construir una idea o meme tan potente que se propagara de manera irresistible y al mismo tiempo tuviera un efecto perjudicial sobre nosotros, como un verdadero virus. Quizás menos dramático pero igualmente peligrosa es la situación en la que no seamos capaces de controlar el influjo de información y memes que la sociedad pretende meter en nuestra cabeza.


Alguna gente se toma muy en serio la idea de que un virus memético pueda ser un peligro para la humanidad. Así sucede con la idea del Basilisco de Roko, una criatura de inteligencia artificial que podría aparecer en futuro y causar un terrible daño en el presente, por lo cual algunas organizaciones intentan que no se hable sobre esa posibilidad y de esa forma intentar prevenir su aparición. Por supuesto, esto lo único que ha conseguido es que se hable más de él.


¿Hay realmente alguna idea, algún conocimiento que por sí mismo sea capaz de destapar el apocalipsis? Algunos autores como H.P. Lovecraft parecen pensar que sí, que el acceso al conocimiento prohibido sobre las dimensiones ocultas puede despertar a bestias que hasta ahora solo atisbamos en nuestras pesadillas más oscuras.


Así que ya lo sabéis, una vez hayáis terminado de leer esta entrada lo mejor es que evitéis los posible efectos perjudiciales de una obsesión memética...



... recurriendo a este cómodo Antivirus Mental:


O también puede ser útil una sesión de hipnosis especialmente diseñada para limpiar la mente de basura memética:



Hasta la próxima invasión de ideas,

    Salvador