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miércoles, 16 de octubre de 2013

La piscina más bella del mundo


  El Palacio de Xanadu


   Para hablaros de la piscina más bella del mundo (al menos, la más bella que yo he visto), primero debo hablaros de la residencia en la que se encuentra.

    Esta residencia es el Castillo Hearst, construida por William Randolph Hearst, un magnate de la prensa americana en la primera mitad del siglo XX. Hearst había viajado por Europa durante su juventud, acompañando a su madre. Impresionado por los tesoros artísticos que descubrió allí, se dedicó el resto de su vida a coleccionar obras de arte (incluyendo edificios enteros), que se llevó a California. El Castillo se pensó como una residencia que albergara su inmensa colección y al mismo tiempo sirviera de fastuoso retiro al magnate.


  El diseño y supervisión de la magna obra corrió a cargo de la arquitectura Julia Morgan, autora de otras interesantes obras en el estado de California. Julia se traslado in situ a la enorme propiedad de San Simeon, donde Hearst planeaba la construcción del enorme castillo, inspirado en los modelos de las misiones españolas en California.

 

  El resultado final es una curiosa mezcla, no exenta de kitsch, representativa de la visión californiana del lujo y la buena vida.



   La residencia fue compartida por Hearst con su amante, la actriz Marion Davies, y sirvió de lugar de encuentro de startlets y estrellas de Hollywood que Hearst traía al Castillo en su hidroavión privado. 



En la siguiente imagen podemos ver al mismísimo Charles Chaplin entreteniendo a los huéspedes.


El Castillo Hearst es una presencia ominosa en la película Ciudadano Kane, la obra maestra de Orson Welles basada en la vida del magnate de los periódicos. 



En la película, se retrata al Castillo (con el nombre mítico de Xanadú) como un lugar triste donde Kane pasa en aislamiento los últimos años de su vida.



Lo cierto es que se trata de una residencia llena de tesoros artísticos esquilmados de Europa, hasta formar un Palacio digno de un rey absoluto, lleno de salones impresionantes y una biblioteca fantástica.






  La piscina exterior


El Castillo Hearst cuenta con una maravillosa piscina en el exterior, la Piscina de Neptuno, basada en temas grecorromanos. Las imágenes hablan por sí solas. Durante años tuve en mi dormitorio una panorámica de este lugar, que con solo mirarla ya te permitía flotar en el limbo:






  La piscina interior


Sin embargo, en mi opinión, es la piscina interior la que se lleva la palma, algo realmente impresionante, tanto que le dedico una escena clave en la segunda parte de la Trilogía de las Esferas.

Ninguna de las maravillas del Palacio, de las fantásticas esculturas, pinturas y juegos de luces de las vidrieras, nada de ello me había preparado para la impresión que me causó la Piscina. Cuando bajamos por el elevador personal y salimos al oscuro espacio interior, temí por un momento una trampa, pues el lugar parecía a primera vista una lóbrega mazmorra. Pero cuando la chica encendió las luces, oh… los dioses mismos debían haber creado este lugar para recompensar a sus más fieles, porque era para desmayarse por su belleza. Ahora sabía que una piscina era una pequeña laguna artificial, pero no todas podían ser como ésta. Las paredes de la estancia que la contenía, el suelo que pisábamos y el interior de la propia laguna, estaban tapizados por una exquisita combinación de diminutas losetas cerámicas que combinaban el oro y el azul. Las luces emanaban de globos ocre, unos colgados del techo, otros levantados del suelo sobre puntales y también sumergidos en las paredes de la piscina, y esa luz ambarina hacía brillar el dorado sobre el azul profundo como si fueran joyas engarzadas y bordadas sobre un tapiz mágico. Todo este paisaje enjoyado se reflejaba en el espejo de la quietud del agua, duplicando la maravilla.
Al aproximarme al borde con la reverencia reservada a un lugar sagrado, descubrí aún otro prodigio más: en el fondo, superpuesto a los reflejos dorados, brillaba con verde sobrenatural un entramado de símbolos rodeados de geométricas cenefas. Me puse de cuclillas, intentando mantener mi equilibrio, tratando de discernir si lo que veía era real o había sido transportado a un paraíso subterráneo, a la dimensión en la que moraban los dioses mismos.
-Es bonita, ¿verdad? –dijo ella.
Comprendí entonces por qué Arieldebran había rechazado esa palabra. “Bonita” no podía describirlo ni de lejos. Era sublime. El lugar mismo, y lo que se sentía al contemplarlo, era inexpresable.
Me limité a quitarme el mono y seguirla a ella dentro del agua, rodeados de guirnaldas luminosas y azules de suprema armonía. Dejé que mi cuerpo se hundiera por un momento, como había hecho tantas veces en el mar de Dercanlea, sintiendo la calidez del líquido, rezando para que nada de esto desapareciera. Luego nadé para cruzar hasta el otro lado, sintiendo una libertad que había perdido hacía años.
-¿Te gusta? –preguntó la chica, recogiendo con la mano su melena rosada.
Asentí lentamente. Seguramente lloraba, pero mis lágrimas se confundían con el agua que caía por mi rostro.
-No pensé que algo así podía existir –rompí torpemente mi silencio. Ella sonrió, poniendo sus brazos sobre el borde, también dorados en la luz ambarina.
-Es mi sitio favorito –miró alrededor-. Creo que solamente vengo al Palacio para poder bajar a este lugar.
-No me extraña –dije yo.
La dureza había desaparecido de su rostro. Reflejaba ahora su verdadera edad, incluso unos años menos, como si la magia de la piscina le hubiera devuelto su niñez.

Alucinad con las imágenes:





   Solo nos queda agradecerle a Julia Morgan que tuviera la visión y el atrevimiento de construir algo así.



     Más belleza y poesía en la próxima entrada, que no sé cuándo será, pues estaré de viaje unas semanas.

     Hasta entonces, disfrutad de todo,

        Salvador



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