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martes, 8 de julio de 2014

Antigravedad: escapando a la fuerza irresistible


¿Quien no ha soñado en volar como Superman o Wonderwoman, libre de la tiranía de la atracción gravitatoria de nuestro planeta, saltando de un edificio a otro como Spiderman, sin siguiera necesidad de columpiarse con sus lianas de araña...?



... o construir coches voladores como en Bladerunner o El Quinto Elemento?



Pedirle prestado el landspeeder a Luke Skywalker:




O, al menos... tener un monopatín como el de Regreso Al Futuro II:


Además de nuestras fantasías individuales, la naturaleza siempre atractiva de la gravedad limita nuestras posibilidades de viajar al espacio sin tener que gastar enormes cantidades de combustible y presupuesto.



Si pudiéramos controlar la fuerza y la dirección de la gravedad quizás podríamos evitar la causa número uno de accidentes ridículos y los correspondientes videos:


El control de la gravedad, a veces para aumentarla y otras para disminuirla, le hubiera hecho la vida más fácil a la Dra. Ryan Stone, protagonista de Gravity, la espléndida película de Alfonso Cuarón, y también hubiera salvado la vida a los astronautas muertos en accidentes como los de las lanzaderas espaciales Challenger (en el despegue) y Columbia (en la reentrada).


El control local de la gravedad ofrecería innumerables aplicaciones prácticas. En ciencia-ficción estas aplicaciones son comunes bajo el nombre de 'suspensores', 'campos antigravedad' o 'gravedad artificial'.

Por ejemplo, en la saga de Dune los campos suspensores se utilizan para conseguir desde lámparas flotantes que te siguen a cualquier lado, hasta enormes recolectores de especia que flotan sobre el desierto para poner la preciada sustancia a salvo de los gusanos gigantes.



Por no mencionar al 'adorable' Barón Harkonnen, que evita el peso de su cuerpo con unos suspensores especialmente adaptados:



Entre los pioneros literarios de la antigravedad nos encontramos, curiosamente, con los mismos autores que tratábamos en la entrada anterior sobre los mundos perdidos: Swift, Verne y Wells.

Jonathan Swift, en uno de los Viajes de Gulliver, describe la isla volante de Laputa (seguro que sin ser consciente de lo mal que suena en castellano), un pedazo de tierra que flota gracias a un inmenso imán en su base, lo que le sirve de vehículo para realizar una sátira sobre los científicos de la Royal Society británica. 



En 1986, el maestro de la animación Hayao Miyazaki, un aficionado a todo lo relacionado con el vuelo, retomó la idea y el nombre de Laputa para su película El Castillo en el Cielo.




¿No os recuerda esto a una película reciente donde aparecen extrañas montañas flotantes? Las montañas de Pandora, como la Laputa original, también vuelan por contener un mineral con fuertes propiedades magnéticas.


El gran pionero de la ciencia-ficción en el siglo XIX, Julio Verne, estaba también obsesionado con las máquinas voladoras y por vencer a la gravedad de una forma u otra. En su novela Cinco Semanas en Globo y en el cuento Un Drama en los Aires, los protagonistas viajan en globo aerostático.

Hasta el año 1966 se adjudicó a Julio Verne una estupenda novela llamada Un Descubrimiento Prodigioso (subtítulada "Y sus incalculables consecuencias sobre los destinos del mundo"), aunque parece que realmente no fue escrita por él. En cualquier caso, se trata de la primera novela que plantea con verosimilitud la existencia de un material antigravitatorio y cómo éste se aprovecha para crear aplicaciones prácticas. La novela es muy interesante porque desarrolla el efecto disruptivo de esta tecnología, y cómo los propósitos originales de su inventor se ven pervertidos.



El tema de la desilusión del inventor y su retiro del mundo aparece en otras dos novelas de Julio Verne (estas sí son suyas), también con el tema de un aparato volador, el Albatros, en este caso basado en hélices. Las novelasa son Robur el Conquistador y Dueño del Mundo. El personaje del ingenioso pero huraño y desencantado Robur es similar al del reclusivo ingeniero y científico de 20.000 Leguas de Viaje Submarino, el Capitán Nemo.



Al comienzo del siglo XX (1901), el otro gran maestro de la ficción científica, H.G. Wells, publica Los Primeros Hombres en la Luna, donde aparece una misteriosa aleación metálica con propiedades antigravitatorias, la cavorita, que permite a un empresario crear una nave espacial para escapar de la atracción terrestre. 


La novela fue adaptada en una curiosa película de la BBC:

Recuerdo aún una serie que se emitió en TVE al principio de los 80 llamada Código Rescate 1, en la que un grupo de chatarreros utilizaba un material antigravitatorio para construir una cutre-nave espacial (hecha de chatarra, claro) y la utilizaba para rescatar basura espacial. ¿Pero a quién se le ocurrían estos guiones tan absurdos?



¿Fantasía o posibilidad teórica?


¿Se quedará siempre la antigravedad en el reino de la fantasía, o será posible conseguirla algún día?

El millonario americano Roger Babson lleva 55 años poniendo su dinero detrás de la investigación para controlar la gravedad a través de la Gravity Research Foundation, buscando de alguna forma eliminar accidentes como el que acabó con la vida de su hermana, ahogada en un río. Sin embargo, aunque se ha avanzado mucho en el conocimiento teórico sobre la fuerza de la gravedad, no ha habido grandes progresos en su control. El problema básico es que hay muchas cosas que aún no sabemos sobre esta fuerza.

La gravedad es difícil de estudiar porque se trata, con mucho, de la fuerza más débil entre las cuatro fundamentales. A pesar de que tiene un alcance infinito como la fuerza electromagnética, ésta es 10 elevado a 36 veces más fuerte. Esto explica que un pequeño imán pueda sostener a una pieza de metal sin que se caiga, ya que su atracción magnética es más fuerte que la gravedad que ejerce todo el planeta Tierra sobre la misma pieza.


No es de extrañar que la única 'antigravedad' de la que disponemos hoy en día sea la creada mediante levitación magnética. Como hemos visto, muchas historias de fantasía imaginan islas voladoras a base de imanes. Sin embargo, el magnetismo de la Tierra no es suficientemente fuerte para conseguir este efecto. Para conseguir la levitación necesitamos una base que genere un campo magnético de suficiente fuerza. Por tanto no es una solución práctica para desplazarse libremente contra la gravedad.



A diferencia de las fuerzas nucleares fuerte y débil, y al igual que el electromagnetismo, la gravedad es una fuerza de largo alcance, en principio infinito, debido a que las partículas que actúan como sus mediadores (los gravitones, aún no detectados) tienen masa cero, igual que los fotones que median la fuerza electromagnética.

Por otro lado, mientras que la fuerza electromagnética puede ser atractiva o repulsiva, según actúen cargas del mismo signo o de diferente signo, la gravedad parece ser siempre atractiva, y existe aparentemente solamente un tipo de masa-energía de signo positivo.



Estas características de la gravedad y el electromagnetismo son las que dan forma a nuestro universo. Aunque la segunda fuerza domina el mundo de la química, las cargas positivas y negativas en los átomos compensan su fuerza cuando tenemos objetos grandes, así que no notamos a la escala humana la fuerza electromagnética, a no ser que hagamos circular cargas negativas libres por un conductor para crear un campo magnético.

Por otra parte, aunque la fuerza gravitatoria es muy débil en comparación con las otras siempre se acumula, lo que permite formar grandes agrupaciones de materia (estrellas, planetas, galaxias...) que dominan la estructura del universo a gran escala, y la forma del universo mismo.


Según la Teoría General de la Relatividad de Einstein, que se ha comprobado experimentalmente muchas veces, debemos aceptar dos hechos:
  • La gravedad es en realidad un efecto de aceleración, producida por la deformación del espacio-tiempo que genera cualquier masa o energía. Por ello no notamos la gravedad cuando nos dejamos caer, o nos movemos libremente en una órbita. 


  • La gravedad afecta tanto a la materia como a la energía. Por ejemplo, la luz también resulta 'curvada' por la gravedad, a pesar de no tener masa.



Por otra parte, la mecánica cuántica intenta explicar la gravedad mediante el intercambio de partículas, al igual que las otras fuerzas. Sin embargo, con permiso de la teoría de supercuerdas, que tiene varias versiones y aún carece de verificación experimental, hasta ahora no se ha conseguido unificar de forma satisfactoria ambas visiones de la gravedad, la relativista y la cuántica.

He aquí algunos argumentos científicos sobre el tema... (ja, ja)


Sabiendo estas peculiaridades de la fuerza de la gravedad, ¿sería posible contrarrestarla de alguna forma?

Escudos o pantallas: modificación de la gravedad

Una de las ideas frecuentemente repetidas en ciencia-ficción es la posibilidad de que un escudo o pantalla pudiera reducir la influencia de la gravedad sobre una nave espacial u otro dispositivo, permitiéndole moverse o flotar sin necesidad de gastar grandes cantidades de energía para propulsarse contra la atracción de un planeta.


(este 'castillo' es real)

En 1953, el entonces joven físico Bryce DeWitt, que llegará a ser uno de los más importantes teóricos de la teoría cuántica de la gravedad y la cosmología cuántica, escribió un artículo para explicar porqué se habían realizado pocos progresos en el control teórico y práctico de la gravedad.

Su conclusión fue que para abordar el control de la gravedad era necesaria antes la unificación de las visiones relativistas y cuántica, tal como hemos comentado antes, pero además se podía argumentar que resultaba imposible construir dispositivos efectivos para apantallar o escudar la fuerza gravitatoria de la misma forma que hacemos con la fuerza electromagnética. La razón es que estas pantallas requerirían tanta masa y/o energía, que acabarían generando tanta gravedad como la que pretendían evitar (haría falta otra pantalla para apantallar la primera pantalla, y así sucesivamente...).

En un artículo de 1963, el físico Robert L. Forward, que es también un reconocido escritor de ciencia-ficción, explicó que las ecuaciones de Einstein permiten fuerzas de gravedad que no actúan como la fuerza newtoniana de atracción centro a centro.


Estas fuerzas de gravedad no-newtoniana se deben al efecto de las masas que giran o aceleran sobre la forma del espacio-tiempo. Si pensamos en el espacio-tiempo como la superficie del agua, podemos visualizar que al girar un gran anillo crearía un 'remolino' que movería una masa situada en su centro; y al desplazarse a gran velocidad una masa acelerando crearía una 'estela' que arrastraría ligeramente a otras masas cercanas.


Sin embargo, en el mismo artículo Forward admite que, como había dicho DeWitt, estos dispositivos podrían modificar ligeramente la gravedad sobre un objeto pero serían masivos y consumirían una enorme cantidad de energía: no servirían para ahorrar la energía necesaria para vencer a la gravedad.

Esta misma conclusión es la que alcanza un estudio de la ESA en 2005: de momento no se ha comprobado la efectividad de ningún método de 'modificación de la gravedad', pero incluso si llegaran a funcionar alguno de los métodos propuestos teóricamente, lo más probable es que no sirvieran como métodos de propulsión, como mucho se utilizarían para reducir un poco el peso de naves o estructuras en tierra.

Los autores de este informe, M. Tajmar de Austria y O. Bertolami, de Portugal, afirman que un sistema de control de la gravedad debería venir por una de estas vías:
  • Descubrimiento de una nueva fuerza fundamental de la naturaleza que permitiera alterar la fuerza efectiva de la gravedad. Esto afectaría al principio de equivalencia (que todas las masas caen con la misma aceleración de la gravedad en el vacío).
  • Existencia de nuevas interacciones entre la fuerza de la gravedad y el electromagnetismo (gravitomagnetismo), como consecuencia de su unificación (bajo una teoría generalizada de la relatividad, o de la teoría de supercuerdas y otras 'teorías del todo'). Algunos experimentos con superconductores han detectado efectos de este tipo, pero de alcance muy pequeño.


  • Conseguir la alteración de las propiedades del vacío para cambiar las fuerzas relativas de las interacciones fundamentales de la naturaleza

A pesar de los informes negativos sobre las posibilidades prácticas de modificación de la gravedad, ha habido noticias hablando de experimentos que supuestamente habrían conseguido reducciones medibles de la gravedad en objetos de cierto tamaño. La historia más conocida es la del experimento de Eugene Podkletnov, que afirmó haber conseguido una reducción del 2% del peso. Sin embargo, no se ha conseguido reproducir este resultado, y Podkletnov retiró su artículo original y fue despedido de su puesto en Finlandia. Actualmente trabaja en Rusia, pero no ha publicado nueva información, lo que ha dado lugar a muchas teorías especulativas y conspirativas sobre el asunto. 



Antimateria y antigravedad

Una pregunta que surge de forma espontánea es la siguiente: si existe la antimateria (y sabemos que existe), ¿no producirá una gravedad negativa?


La antimateria no se ha producido en suficiente cantidad para poder responder a esta pregunta experimentalmente, pero la respuesta teórica de la mayoría de los físicos es negativa. Si hubiera alguna diferencia sería menor del 1%. Aún así hay un experimento planeado en el CERN para realizar una comprobación directa utilizando la antimateria producida en el LHC, el gran acelerador que ha servido para probar la existencia del bosón de Higgs.


La razón por la que se espera que la antimateria tenga un peso 'positivo' igual que la materia ordinaria es que la antimateria se produce mediante la misma energía 'positiva' que la materia normal. Si unimos suficiente energía E en un lugar (por ejemplo, mediante un choque en un acelerador de partículas), la mitad de esta energía se va en crear partículas y la otra mitad en antipartículas). La ecuación de Einstein E=mc2 nos dice que si la energía E es positiva la masa m también lo es.


Robert L. Forward, al que he mencionado antes, admite que la antimateria no serviría para generar antigravedad, por lo cual propone la hipótesis de una verdadera masa negativa, que no incumpliría los principios básicos de la física, y serviría como un método de propulsión espacial muy eficiente.





Sin embargo, como en otras ideas teóricas, la masa negativa es simplemente de una propuesta que sería consistente con las ecuaciones relativistas, pero de la cuál no hay ninguna prueba ni indicio experimental.


Energía oscura y antigravedad

Hemos visto al hablar del origen inflaccionario del universo que el supuesto vacío del espacio está lleno de una misteriosa energía oscura cuya naturaleza es desconocida. Podría ser una fuerza nueva de la naturaleza, o de un efecto debido a las dimensiones ocultas de nuestro universo o a la conexión con otro universo externo.



Lo que conocemos de esta energía oscura es que sería responsable de la aceleración actual en la expansión del universo, y que podría estar relacionada con el campo escalar que causó la expansión explosiva inicial (inflación) del Big Bang.

La energía oscura parece crear una presión negativa igual en todos los puntos del espacio, que hace que éste se expanda de forma homogénea. Por tanto la energía oscura en sí no actúa como una fuerza de gravedad negativa, puesto que expande todo el espacio por igual (el que hay detrás de una nave y el que hay delante): no depende de las masas.


Para disponer de una forma útil de energía oscura tendríamos que ser capaces de concentrarla en determinados puntos, igual que con la masa negativa propuesta por Forward. Esto es lo que persigue el motor de Alcubierre, creando una 'burbuja' alrededor de la nave espacial rodeada de presión negativa, lo que permitiría en principio la propulsión a mayor velocidad que la luz.



Sin embargo, el meritorio trabajo de Alcubierre solamente es otra propuesta teórica. El físico mejicano demostró que este tipo de deformación es compatible con las ecuaciones de la relatividad, pero no da ninguna pista sobre cómo sería posible generar en la realidad esta energía oscura localizada.


Patentes, OVNIs y otros divertimentos

Las dificultades, teóricas y prácticas, para concebir científicamente un mecanismo de antigravedad no han detenido a los entusiastas y visionarios de todo tipo.

Hasta existen algunas patentes de naves que utilizan motores de antigravedad. Desde luego, en Estados Unidos se puede patentar cualquier cosa...


Esta nave dudo que pudiera llegar muy lejos, pero al menos en el suelo tendría cierta estabilidad, a tenor de lo que los proponentes han reflejado en la animación:


Este tema de la antigravedad, como otros que hemos visto anteriormente, también es propenso a la aparición de teorías pseudocientíficas y de personas más o menos bien intencionadas que creen haber descubierto el secreto tan largamente buscado.


Por otra parte, hay excelentes esfuerzos para explicar de forma seria los mecanismos físicos de 'levitación' que conocemos actualmente. Todo aspirante a inventor de la antigravedad debería comenzar echándoles un vistazo.

Hay que admirar también aquellos que construyen aparatos caseros de antigravedad, sobre los que uno tiene que aplicar una sana incredulidad:


Incluso según algunos es posible replicar los motores de antigravedad que (por supuesto) utilizan los OVNIs:



Éste supongo que va de cachondeo, porque es bastante obvio que el artefacto está colgando de un hilo  :-)


Y luego están los mencionados teóricos de la conspiración, que argumentan que -por supuesto- la antigravedad existe, pero está escondida a buen recaudo por los poderes ocultos:


Y no puedo terminar sin aportar dos pruebas DEFINITIVAS de que la antigravedad ES POSIBLE.

Primero, la TEORÍA DE LA ANTIGRAVEDAD DE MURPHY, que combina dos elementos de obvio potencial, como son una tostada de mantequilla y un gato. No os la perdáis.

Y la segunda, esta foto que me tomé delante de la Casa Blanca en mi época hippie. Para que veáis que la física no lo es todo. Con un poco de concentración...



Volveremos pronto con más secretos del universo.

    Salvador

jueves, 12 de junio de 2014

El tamaño importa: monstruos gigantes, gravedad y la ley cuadrático-cúbica


Con el estreno de la película número treinta dedicada al monstruoso Godzilla (hasta el momento hay 28 producciones japonesas y dos remakes de Hollywood) vuelve la perenne cuestión sobre el tamaño de los bichos cinematográficos.

¿Podrían aparecer en la realidad (fruto de una invasión alienígena, científico loco o evolución desbocada) esas hormigas, cangrejos, pulpos y mutantes radioactivos que vemos en los films de ciencia ficción, fantasía y terror? ¿Es cierto que "el tamaño sí importa", como dice el material promocional de la versión americana de Godzilla en 1998, y que no es tan fácil imaginar en el mundo real un monstruo de esas dimensiones?

Veremos que en relación con estas preguntas podemos plantear otra (gracias a mi primo Juan Diego Jaén por sugerirla): ¿Cómo afectaría la gravedad de otro planeta a sus habitantes? ¿Serían más grandes si la gravedad fuera menor y más pequeños si fuera mayor que en la Tierra? ¿En qué magnitud?





Gigantes de película


Multiplicar el tamaño de cualquier animal conocido (y también de los humanos) ha sido uno de los recursos más empleados en el cine fantástico, a veces con resultados impresionantes para su época (Them!, King Kong) y otras veces más bien ridículos.

En el cine japonés los monstruos que atacan la Tierra y a sus habitantes han producido todo un subgénero de fantasía llamado, como los monstruos, Kaiju.

Seguramente esta obsesión con los seres gigantes comenzó en 1933 con la primera versión de King Kong, una superproducción que aún hoy resulta espectacular, inspirando a generaciones de cineastas como Peter Jackson:



En 1954 se estrenó en Japón Gojira, que se convirtió en Godzilla en la traducción americana de 1956, un film que reflejaba los miedos de ambos países a la amenaza nuclear:



También en 1954, y aprovechando los mismos miedos de la guerra fría, se estrena Them! (La humanidad en peligro), en la que una raza hormigas gigantes amenaza a la humanidad:




Las hormigas y los primates no fueron los únicos aumentados de tamaño con efectos 'terroríficos'. La historia de la mujer agigantada en 1958 por los extraterrestres se repetiría en 1993 con Daryl Hannah, e inspiró también el argumento de Monstruos contra Alienígenas en 2009, en cada ocasión con mensajes vagamente feministas:





Por supuesto, ha habido otros muchos ejemplos que nos entretuvieron en algún momento pero que no cuesta demasiado olvidar:



Mediante una combinación de animación fotograma a fotograma, modelos mecánicos y sencillas técnicas fotográficas desarrolladas desde los tiempos de Georges Méliès, fue posible hacer que los animales o personas parecieran gigantes gracias a genios como Willis O'Brien y Ray Harryhausen.





Más recientemente, gracias a las posibilidades de la animación por ordenador, resulta trivial aumentar el tamaño de las criaturas (aunque el presupuesto de las producciones tiende aumentar proporcionalmente a la capacidad destructiva de los monstruos).

Personalmente me resultó interesante el tratamiento del tema realizado en Cloverfield (Monstruoso), narrando la historia desde el punto de vista de los protagonistas humanos filmando con su cámara de video.


La reciente película Pacific Rim ha unido dos géneros clásicos: los monstruos Kaiju y los grandes robots de inspiración también japonesa, llamados aquí Jaegers. No es una gran película, pero puede resultar entretenida para los fans.


La legendaria Shelob fue llevada al cine magistralmente, aunque su existencia solo sea posible físicamente en el mundo de fantasía de Tolkien y Peter Jackson:


Peter Jackson agrandó también todo tipo de bichos horrendos para su versión del mundo perdido de King Kong:


La saga de Furia de Titanes rescató también los grandes monstruos de las películas épicas de Harryhausen, incluyendo al poderoso Kraken:


La ley del tamaño


Todos hemos oído esas extrañas comparaciones que nos informan de que una pulga puede saltar 130 veces su propia altura, o una hormiga puede levantar 50 veces su propio peso. También sabemos que los animales pequeños comen una proporción mucho mayor que nosotros en relación con su peso.


¿Cómo es posible que un simple insecto tenga esos poderes atléticos dignos de Superman, o un apetito superior a los más esforzados concursantes humanos? ¿Si multiplicáramos por mil el tamaño de una hormiga, sería capaz de someter a toda la Tierra con su fuerza sobrenatural?


La explicación de esta paradoja relativa al tamaño y la fuerza viene dada por la Ley Cuadrático-Cúbica, formulada por Galileo Galilei en 1638. 

Si nos fijamos en las fórmulas para calcular las superficies de figuras planas, veremos que el área siempre resulta de multiplicar dos magnitudes de tamaño lineal (lado por lado, base por altura, radio por radio, radio al cuadrado, etc.). Por esta razón las áreas se miden en metros al cuadrado, y si multiplicamos el tamaño de una figura plana en un factor F, su superficie crece F*F, o sea, F al cuadrado

Esta ley se aplica de la misma forma cuando la superficie está curvada. Necesitaríamos 4 veces más pintura para colorear una estatua de 2 metros de altura, que otra estatua idéntica de 1 metro de altura.


Por otra parte, podemos ver que las fórmulas para calcular el volumen siempre incluyen la multiplicación de 3 factores lineales (lado al cubo, ancho por alto por profundidad, radio al cuadrado por altura, etc.). De aquí se deduce que las unidades de medida de volúmenes son metros al cubo, y si multiplicamos el tamaño de un objeto tridimensional por un factor F, su volumen crece en un factor F al cubo.


Comparando la relación para el área y para el volumen, podemos concluir que al aumentar el tamaño de un cuerpo en un factor F, el volumen crece F veces más que la superficie (ya que lo hace con el factor F*F*F, mientras que la superficie lo hace con F*F).

Viendo esta relación a la inversa, los objetos (o animales) pequeños tienen un volumen mucho más pequeño en relación a su superficie que los animales más grandes.

La importancia de este hecho radica en que el peso y la inercia son proporcionales al volumen, mientras que la fuerza muscular, la resistencia de los huesos y la capacidad de incorporar oxígeno (y por tanto energía) son proporcionales a la superficie (en el caso de músculos y huesos, al área de la sección transversal).

Por ello no es extraordinario que una hormiga levante decenas de veces su propio peso: su masa es muy pequeña en relación con la fuerza de sus extremidades, ya que su superficie es proporcionalmente muchísimo mayor que su volumen en comparación con nosotros.


Por la misma razón los animales pequeños comen mucho más en proporción a su peso, ya que este es muy pequeño en relación con la energía diaria que necesitan. Buena parte de esta energía la requieren para compensar el calor que pierden por su superficie, que es proporcionalmente mucho mayor.

Por otra parte, la misma ley explica que los animales tienen que adaptarsedesarrollando enormes huesos y músculos cuando se hacen más grandes. Necesitan proporcionalmente mucha más fuerza que un animal pequeño para levantar y mover su gran volumen, corazones más potentes para mover su sangre, etc.


La ley cuadrático-cúbica se pone de manifiesto incluso cuando se crean esculturas de grandes proporciones:


Por tanto, nunca podríamos ver en la realidad una hormiga del tamaño de un elefante ni otros monstruos insectoides o artrópodos imaginarios, como las arañas gigantes.


Para poder soportar su peso, un insecto del tamaño de un elefante necesitaría patas gruesas como las de un paquidermo, y sus movimientos serían igual de lentos y pesados dada la gran inercia de su cuerpo. Por esta razón en las películas donde aparecen animales agigantados se reduce la velocidad de sus movimientos para simular el efecto de un gran tamaño.

Tampoco un elefante que fuera pequeño como una hormiga lo tendría fácil para sobrevivir, aunque le sobraría fuerza y resistencia (trataré los problemas de la reducción de tamaño en otra entrada).



Límites para los colosos: el misterio de los grandes dinosaurios


El estudio de la biomecánica de los seres vivos prueba que aunque el aumento de tamaño de los animales es una tendencia evolutiva cuando existen suficientes recursos disponibles, hay límites a este tamaño, independientemente de si el animal es terrestre o marino. Este límite está relacionado con el soporte y el movimiento, pero también con la necesidad de hacer circular la sangre, transmitir señales nerviosas y mantener un metabolismo adecuado en todo el volumen.

El límite de tamaño puede observarse al comparar los animales más grandes que han existido, observándose que no superan un volumen y un peso máximos, aunque mediante algunas adaptaciones especiales se consiguieron longitudes espectaculares.

El peso máximo para los animales terrestres en nuestro planeta se estima entre 75 y 100 toneladas.



Dadas las limitaciones impuestas por la ley cuadrático-cúbica y la biomecánica, y el hecho de que no existen hoy animales terrestres tan grandes como los antiguos saurópodos (la familia de los braquiosaurios), se ha planteado por parte de alguna gente la imposibilidad de que los dinosaurios hubieran podido ser tan grandes si la gravedad era igual que la actual. Por lo tanto sugieren que la gravedad debía ser entonces bastante menor.

Para explicar cómo la gravedad de la Tierra en la época jurásica podría haber sido más pequeña, estos científicos aficionados sugieren que el planeta ha crecido en tamaño y masa desde entonces, lo que además explicaría la ruptura y deriva continental:



El principal problema de esta curiosa teoría es que no explica de dónde sale la masa que hizo aumentar a la Tierra de tamaño y gravedad hasta su configuración actual. La única explicación posible hubiera sido una masiva lluvia de grandes meteoritos o cometas de forma continuada, pero no hay evidencia de que esto haya sucedido desde el tiempo de los dinosaurios.

El consenso científico (ver este magnífico artículo con numerosas fuentes) es que el gran tamaño de algunos dinosaurios se debió a la disponibilidad de recursos, la presión competitiva y una serie de adaptaciones que permitieron un gran tamaño con menor peso (por ejemplo, la estructura ósea hueca que heredaron sus descendientes los pájaros). No es necesario, pues, recurrir a un aumento inexplicable de la gravedad terrestre.

Este diagrama resume los factores que determinaron las especiales características de los grandes saurópodos herbívoros.




Monstruos artificiales


Desde que la llegada de Mazinger Z trajo a Europa la fiebre japonesa del género de fantasía de grandes robots (Mecha), todos hemos soñado con construir uno de verdad.


Sin embargo, para convertirnos en el profesor Jūzō Kabuto (el creador ficticio de Mazinger Z) nos enfrentamos a los mismos problemas prácticos que la evolución biológica: la necesidad de mover rápidamente grandes masas, mantener una forma rígida y alimentar el gran consumo de energía necesario. No es tan fácil.


Un robot gigante seguramente sería lento, y no podría levantarse sobre finas patas por las mismas razones que una araña real de ese tamaño no podría hacerlo.


Los grandes fans japoneses estarán contentos por los rumores de que su ejército planea construir estos robots gigantes, pero lo cierto es que a pesar de Pacific Rim, un robot gigante no es seguramente la máquina de guerra más eficiente. Hay formas más sencillas de defensa y ataque, aunque no sean tan fascinantes.


Tamaño y gravedad en otros planetas


Ahora que estamos descubriendo muchos planetas en otros sistemas solares, unos cuantos susceptibles de albergar vida, cabe preguntarse si en ellos puede haber animales que sean más grandes o más pequeños por efecto de una gravedad diferente.


Algunos experimentos ya han comprobado algunos efectos de las variaciones de gravedad en los seres vivos. Empezando por el nivel microscópico, se ha constatado que el tamaño de las células se reduce a medida que aumenta la gravedad.


Suponiendo iguales condiciones ambientales, en un planeta que tuviera una gravedad doble que la nuestra, un animal con estructura física terrestre tendría allí un tamaño reducido en un factor igual a la raíz cúbica de 2, es decir, sería un 25% más pequeño.


Sin embargo, la gravedad en un planeta de tipo terrestre (a diferencia de los gigantes gaseosos como Júpiter o los demás planetas exteriores) se estima que no puede exceder con mucho el doble de la gravedad de la Tierra, por lo que aunque habría diferencias, éstas no serían dramáticas.


Para encontrar un entorno de mucha mayor gravedad tendríamos que vivir flotando sobre un gigante gaseoso (algo bastante difícil), o sobre otro cuerpo estelar de gran masa. En sus novelas de la saga de los Cheela, el físico Robert L. Forward imagina cómo habría sido la evolución biológica y cultural en la superficie de materia condensada de una estrella de neutrones, desarrollándose criaturas inteligentes que deben reptar aplastadas por la enorme fuerza de atracción y sometidas a los furiosos campos magnéticos de la estrella.



Inversamente, se supone que un planeta de gravedad menor que la Tierra (en Marte, por ejemplo, la gravedad es la tercera parte) podría albergar seres más grandes o estilizados.



En principio esto es cierto, pero también lo es que los planetas más pequeños tienen mayor dificultad para retener la atmósfera y el agua libre (como le sucedió a nuestro vecino), y por tanto aumentan las dificultades para soportar la vida durante suficiente tiempo para permitir la evolución de seres complejos.



Pues solo me queda agradecer de nuevo a Juan Diego haber sugerido el tema, y os espero en la próxima,

   Salvador